Decirte que me enamoré locamente de ti -en apenas dos horas de viaje -entre nubes y carritos con zumos de piña y botes de soda- sería decir poco. Sería hablar de una realidad incuestionable, palmaria, y -en cuanto tal- carente por completo de emoción y suspense. Pero lo voy a hacer. Así que ya lo sabes, “me enamoré locamente de ti”. ¿Qué otra opción me cabía si soy un hombre al que le trastorna la belleza? ¿Qué otra cosa podría haber pasado si eras perfecta?: una cara preciosa, un cuerpo vertiginoso y unos modales subyugantes. Sí, además, te engalanaba toda una parafernalia de choque: gafas de intelectual, mohín de escolar, gusto vistiendo y morbo durmiendo (o dormitando), un libro de culto -que no conocía- en el regazo y unos pies juguetones que a cada poco segundos se escapaban del tiempo dejando abandonadas sus sandalias en el suelo para darse una vuelta a su aire -por los aires presurizados de la cabina del jet- bajo mi pobre corazón a punto de despresurizarse.

Te fuiste moviendo de asiento en asiento -los tres eran tuyos- hasta el pasillo. Yo era el mortal que se sentaba al otro lado. “The boy next seat”. Y te miraba, te admiraba, te adoraba y me sentía una mezcla de carnero degollado y Anibal Lecter entusiasmado. No llevabas anillo de casada y pensé que de no decirte nada, esa noche me iba a sentir un poco gay, cuando lo cierto es que a mí nunca jamás me ha dado por los tíos. ¡Ay qué dolor, amada mía, parecía que nunca iba a llegar tu despertar a la consciencia!.

Cuando ocurrió, el evento fue impactante: pasándote las uñas por encima del vientre, suavecito, con calma... delante de este pedazo de merluzo, que casi desfallecía, absorto -como estaba- en los más nimios matices del prodigio. Porque... sí, al dormir, o ya antes, te habías ido dando poco a poco la vuelta y de girar, yo, el rostro a la derecha, te veía todita de frente y me entraban unas ganas locas de arroparte con lo que fuese. Un diablo de la guarda y un ángel durmiente. ¿Angel? ¿Demonio?. ¿Quién era qué? ¡Qué más daba! ¡Qué importaba si me llamabas descarado, te fingías súbdita de la madre Rusia o me despachabas con un exabrupto inapelable! Estaba a punto de cumplirse el fin del ultimátum y yo tenía que hablarte.

Te pregunté por el libro.

Eso, te pregunté por el libro, intentando evitar chascos y sobresaltos gratuitos, y tras proseguir durante unos breves minutos los dimes y diretes, y recomendaciones culturales de, este, tu esclavo más sumiso, me cuestionaste sin ambages que yo te hablase de literatura. Corte. Había mordido el polvo. Mas cuando volví a mirar hacia ti y tú me tranquilizaste: “enseguida llegamos” -te había dicho que volar me daba miedo- me rendí de inmediato a lo evidente y resolví contarte de una vez todo lo que sabía: “si te he hablado de libros es porque eres muy guapa”. “Esta conversación me gusta ya bastante más”, reconociste. “¡Guauuuuuuuu!”. No añado más “ues”. Desde Lana Turner no había oído a ninguna mujer redimir a sus siervos con tanta eficacia. Colocando cada cosa en su sitio. Pero es que -encima- tú tenías el aspecto de ser la jefa de prensa del Pentágono o de una joven catedrática de física cuántica de la universidad de Malmoe. Un cañón. No sólo el de una pin up inteligente.

No recuerdo que te comenté luego, pero continuaste sin darme tregua: “perdóname, pero hoy no tengo bien el cuerpo”. “Al contrario, se aprecia a simple vista que lo tienes perfecto”. “No, no, que va, generalmente lo tengo bastante mejor”. Sufrimos unas turbulencias y me aferré al asiento. “Si tú me sonríes se me quitará el miedo”, te sugerí. Y me sonreíste, me sonreíste, me sonreíste, hasta llegar a Barajas.

No conseguí tu e-mail, tampoco tu teléfono, sólo tu nombre, Tina, y tu apellido, que casi inmediatamente se escabulló de mi memoria. Y así ando hoy, jugando desesperado con las sílabas; ¿... Jaque, Jarques, Jarcos, Jarres...? porque recuerdo -eso sí- que de ponerle acento agudo, el dichoso apellido sonaba catalán. De momento, lo único agudo que hay es mi pena... ¿qué puedo hacer? ¿someterme, tal vez, a una sesión de regresión, de hipnosis? ¿sobornar al personal de Iberia? ¿emborracharme?. Si te localizase algún día -hermosa Tina- te mandaría a tu casa dos docenas de rosas. Dos docenas de rosas rojas para que no olvidases nunca que te quise.